La editorial

Pasar el invierno de Olivier Adam fue el primer libro que publicamos y Un paseo invernal de Henry David Thoreau remató los primeros cien. Ahora andamos ya en busca del siguiente centenar. Pero al alcanzar esta primera etapa de la caminata, nos sorprendió la obvia resonancia de ambos títulos y jugamos a pensar que en virtud del azar o del destino (reñidos sinónimos) nuestro sello podría estar marcado por un incierto signo boreal. Algo que nos complacería, pues el invierno, ya se sabe, una vez recogida la cosecha, preparadas las conservas y almacenada la leña, es tiempo para la meditación y los placeres, para caminar hasta la pérdida y leer junto a la estufa y retomar viejas correspondencias, amores y amistades. Tiempo para ser lo que somos y lo que deseamos ser. Nos gusta ese tiempo, que tantos consideran improductivo, y que sin embargo es fértil como ninguno, el único que nos hace sentir vivos, con los pies verdaderamente en la tierra bien blanca, y en el que por momentos el trabajo se acerca más incluso al otium que al negotium. Sobre la puerta de nuestra oficina nos gustaría escribir algún día ese verso de Virgilio que aún hoy se puede leer en los umbrales de algunas casas de campo italianas destinadas al retiro y los libros: deus nobis haec otia fecit, un dios nos ha donado este ocio. Querríamos, de hecho, un invierno perpetuo e inexcusablemente níveo donde se confundiesen finalmente las faenas y el placer, la necesidad y el deseo. Y tal vez persiguiendo ese invierno inasequible, siempre al norte del futuro, nos hicimos editores.